Esperando a que la vela se consuma,
porque me han dicho que esta sensación
antes o después se esfuma,
mientras, guardo mis palabras
en un bote con perfume y luz de luna,
junto a mis secretos, y mis sueños,
que están dentro de mi pluma,
esperando que cambie mi fortuna...
Sigue ahí, en el armario.
Noto su presencia apagada.
¡Shhhh! Es un secreto.
No lo puedo contar, nunca lo sabrá nadie.
Está ahí, encerrado en el altillo de los trastos.
Muerto, como si alguna vez hubiese estado vivo.
Cerré la puerta con una llave que llevo siempre en el bolsillo,
con la esperanza de perderla algún dichoso día,
o dejarla olvidada en algún sitio al que no vuelva jamás.
Para que desaparezca de una vez, como si nunca hubiera existido.
He conseguido olvidarlo a veces, incluso durante días,
entre el ajetreo de la vida cotidiana, haciéndome la despistada
y dejando que mi mente, manteniéndose ocupada,
descansara por fin.
Pero al final siempre vuelve a aparecer, una y otra vez.
Siempre.
Si intento olvidarlo, se me aparece en sueños.
Si intento no pensar en ello, de repente me parece verlo en algún rincón inesperado de la ciudad, como un espejismo cruel. Naturalmente, en seguida me doy cuenta de mi error:
no puede ser,
no puede estar ahí, porque está encerrado en el altillo de mi cuarto.
Y que salga depende de mí, así que nunca saldrá.
Porque es un secreto.
Se quedará para siempre en su cárcel de madera,
mirándome a través de las puertas cerradas
esperando en vano que lo deje salir,
con esa mirada dormida, muerta,
congelada en algún instante remoto,
como la de un muñeco.
Igual de inquietante,
igual de serena.
He intentado escribirlo varias veces,
quizá para honrar su memoria y darle solemne sepultura, por fin
en aquel hueco en blanco que dejé en mi diario,
o quizá para inyectarle un leve soplo de vida, fugaz,
que se transforme en una cicatriz de tinta...
...pero nunca he encontrado las palabras
que le den la vida,
que le den la muerte.
Por eso sé que es un secreto,
porque aunque quisiera, no podría contarlo.
Nunca, a nadie.
Recuerdo el día que conocí la locura...
estaba perdida en las sombras
de una larga noche oscura,
cuando apareció ante mí
su extraña figura,
era pequeña de estatura
pero hablaba con soltura,
y estaba muy segura
de poseer mi cura,
Me miraba con ternura,
como intuyendo una relación futura...
entre la penumbra y la amargura
le dejé cogerme de la cintura
y coser mis heridas
entre palabras de sutura...
Volví a verla años después,
de la mano de la cordura,
se cobijaba en su hermosura,
...pero ambas estaban tiradas
en la basura.
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