12 de junio de 2024

¿Dónde está mi gente,
esos ciegos como yo
que no podemos ver la luz?

La realidad que descubro a tientas
no tiene nada que ver
con la que me describen.

Ni siquiera con la que veía
cuando podía ver.

Necesito a alguien
que sepa moverse en esta profunda oscuridad
que no se asuste, como yo
que pueda navegar este río subterráneo,
estas entrañas mal curadas
estos dolores rocosos y afilados
que hunden todas las barcas que construyo.

¿Dónde están los que caen como yo, en la primera ola?
Los que quedaron atrapados por el lodo y echaron raíces
allá donde el tronco no puede más que sucumbir
a las olas apaciguadas pero constantes
que socavan su interior y lo desbordan.

Necesito una mano amiga
que me guíe en esta oscuridad sin medida
que me avise de las trampas ocultas,
para que no me hunda en esos pozos que los demás han aprendido a evitar.

Que me susurre: 

"Yo también estoy aquí, 
aunque todos dicen 
que estoy en otro sitio".


1 de junio de 2024

Atropello accidental

La última vez que me asomé al mundo,
me atropellaron emocionalmente.

Dicen que fue un accidente.
Que no se podía saber, 
que fue mala suerte.

Yo solo sé que el motorista me miró fijamente
y me susurró 
(muchas veces):

«Tranquila, no te voy a atropellar»
«Confía en mí» 
«Yo no soy de esos»

Sin embargo, recuerdo perfectamente 
que era él quien conducía 
cuando 
la primera rueda de esa moto me derribó,
y la segunda me remató.

¿Fue accidente, entonces, realmente?

Yo no lo puedo saber,
no sé nada de motocicletas.




13 de mayo de 2024

A veces

Cierro los ojos y me imagino
que estoy en otro lugar
donde también soy invisible
pero no me importa.

A veces visualizo aquel parque
que veía siempre desde el autobús
donde siempre había unos cuantos jóvenes dispersos
jóvenes como yo,
pero que a diferencia de mí
son alguien.
Son alguien para alguien.

Recuerdo pasar por el día o por la noche
y entrever entre las sombras
entre la humedad de las hojas y del aire
la silueta de momentos ajenos
que no me corresponden.

A veces me imagino que estoy en mi terraza
aquel balcón mágico al mundo
lejos de todo
donde veía amanecer
formarse las tormentas, llover, tronar
y pasar las nubes con los días
y yo siempre allí, mirando
intuyendo otras vidas con el leve movimiento
de los pasos, los autos, las risas
y sentir que al menos tenía un asiento privilegiado
para ver el mundo desde fuera
ese mundo en el que, en el fondo, no quería entrar
porque no estaba preparada para volver a dejar 
que me destruyera.



2 de febrero de 2024

A mí patas de cabra

y sortilegios.

Me miro las manos vacías
de vez en cuando, como sorprendida
de no encontrar en ellas
lo que estaba claramente ahí, 
ahí nomás...

hasta que apareció el Mago,
y con su gesto despiadado
lo desvaneció
por unos míseros aplausos.

Este corazón estaba marcado, como en los trucos de cartas
pero no solo tenía una esquinita rota este corazón:

había repartidos aquí y allá trocitos de esparadrapo,
unos cuantos puntos de sutura mal curados,
una cremallera medio desgarrada y sin broche
que no enganchaba ya por ningún lado,
un caminito casi recto de grapas en el ventrículo izquierdo,
en el derecho, tres clavos oxidados,
cinta compresiva ya sin presión ni comprensión
y unas cuantas vendas que se estaban despegando.

Este corazón todo roto y descosido 
que, por motivos obvios
ya solo tenía valor sentimental
me vació el pecho bien vacío.

Pero pienso:
«no puede haber ido muy lejos
sin dejar por el suelo
su rastro de desolación».

Y miro alrededor, por si,
como en los trucos de los magos
aparece donde menos me lo espero:
en el bolsillo de un pantalón
o dentro de un sombrero;

aunque ya no vuelva a funcionar
como en el truco del billete,
ni pueda ya cambiarse 
por otro nuevo.


6 de enero de 2024

No lo vi en tus ojos
no, 
lo que tanto había temido tiempo atrás.
No lo vi en tu sonrisa, ni lo sentí en tu abrazo
tan profundo
tan de verdad.

No lo vi venir, ya por entonces, 
cuando me cogiste de la mano,
cuando hundiste tu cabeza en mi cuello, buscando mi olor.
No lo vi en tu gesto, cuando me pedías perdón
y parecía un corazón lo que había en tu mano.
No lo oí en tu voz, cuando confesabas extrañarme tanto,
no.

Lo escuché en tus silencios, tiempo después. 
Lo vi en tu figura ausente, cuando ya era tarde, 
demasiado tarde, otra vez.

Solo el espacio vacío me dejó ver tu sombra 
ensombreciendo 
todo lo que una vez había bañado la luz:
tu mirada, tu sonrisa, tu mano, tu voz
todo se volvió tan oscuro 
y yo caminaba tan a tientas, 
que era imposible que viera las señales
que tú omitiste.

Y me dejé guiar
de tu mano
por tus palabras
en tu abrazo cálido que nunca te parecía suficiente,

y me llevaste a un lugar
donde me habías preparado

una trampa 
a mi exacta medida.
Para dejarme ahí, en abandono
con todo lo que más temía.



Escapé como suelo hacerlo,
con palabras de hierro y lágrimas de plomo
traicionada en lo más hondo,
desplomada y malherida.