5 de marzo de 2013

Unos versos de Montaigne

VI

Así dice más de uno de mí, ¿de qué se queja tanto,
perdiendo sus mejores años por cosa tan liviana?
¿Por qué grita tanto si aún espera?
¿Y si nada espera? ¿Por qué no está contento?

Cuando estaba libre y sano, decía yo otro tanto,
Mas en verdad que no tiene este la razón entera
Sino el corazón gastado por cierto rigor fiero,
Si se queja de mi queja y no entiende mi mal.

El amor de repente con cien dolores me atraviesa
Y me dicen luego que no grite.
No soy tan necio que aumente mi mal

A fuerza de hablar; si de él me pueden librar,
dejo los sonetos, dejo mi cantar,
Que quien me prohíbe el duelo, ese mismo me haga sanar.


 XV
No es amí, a quien así se engaña:
Que sea con los niños con los que se usen astucias,
Que no tienen gusto, ni entienden lo que oyen:
Yo sé amar y también sé odiar.

Alégrate de haberme cerrado hasta ahora
Los ojos, ya es hora de que vea:
Y que me sienta cansado y avergonzado,
De haber orientado mal mi tiempo y mis cuitas.

¿Osarás, habiéndome tratado así
Hablarme nunca de entereza?
Te complaces en mi temible dolor.

Me prohíbes sentir mi tormento:
Y quieres que muera amándote.
Si no siento, ¿cómo quieres que te ame?


XX
¡Oh! vosotros, malditos sonetos, que tuvisteis la audacia
De molestar a mi dama, ¡Oh! Malignos y perversos,
¡Reproche de las Musas y vergüenza de mis versos!
Si os hago, si es preciso que deba

Confesar que pertenecéis a mi raza,
Entonces para vosotros nos se abrieron los riachuelos
De Apolo el dorado y de las Musas de ojos verdes,
Sino que fue Tisífone, en su lugar, quien recibió vuestro nacimiento.

Si alguna vez paso a la posteridad
Quiero que uno y otro sean excluidos de mi testamento.
Y si al fuego vengador no os lanzo desde ahora,

Es para difamaros: vivid, miserables, vivid,
Vivid a los ojos de todos, privados de todo honor;
Pues es para castigaros por lo que, ahora, os perdono.




No hay comentarios:

Publicar un comentario